miércoles, 9 de septiembre de 2015

La preeminencia del Hijo





La preeminencia del Hijo
Colosenses 1:15,20



En la creación 15:17
En la redención 18:20

[Pablo no había estado en Colosas, ciudad de Frigia (Asia Menor, hoy Turquía). Fue su discípulo Epafras quien fundó allí una comunidad cristiana a la que trasmitió el aprecio de Pablo. No mucho después, fue Epafras a visitar al Apóstol a Roma durante su prisión para darle cuenta de los peligros doctrinales que amenazaban a la iglesia de Colosas, pues ciertas sectas trataban de desvirtuar la persona de Cristo, rebajándola de dignidad, que otorgaban a ángeles o espíritus, y de imponer las prácticas judaicas. Pablo reacciona y trata de aclarar en esta carta el sentido y alcance del misterio de Cristo.

Este texto es un Cántico que entonaban los cristianos de los primeros siglos. Se distinguen netamente dos partes: la primera, los vv. 12-14, un canto de acción de gracias a Dios Padre por la obra redentora llevada a cabo por su Hijo; la segunda, los vv. 15-20, son propiamente el himno a Cristo.


  1. Cristo es la imagen del Dios invisible.
    Esa misma expresión la usa en 2Co 4:4 señalando que “el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, es la imagen de Dios”. El hombre es «imagen» de Dios, (Gen 1:27, 1 Cor 11,7); pero una imagen desfigurada por el pecado y la desobediencia. Cristo en base a su vida y obra es la imagen perfecta, que refleja las perfecciones de Dios a través de su humanidad. Esta nueva imagen de Dios en Cristo nos trae gran provecho, pues a diferencia de la imagen de Dios en el hombre que es corruptible, la imagen de Dios en Cristo es incorruptible, redentora e inmortal, que asegura la permanencia definitiva de la imagen de Dios en el hombre. Por que en el postrer Adán como lo señala Romanos habita la plenitud de la deidad (Col. 2:9, Rom. 9:5)

    2Co 4:4 en los cuales el dios de este mundo ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios.
    Rom 9:5 de quienes son los patriarcas, y de quienes, según la carne, procede el Cristo, el cual está sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén.

  2. Cristo es Él primogénito de toda creación
    Cuando el Apóstol habla de «primogénito de toda criatura» (v. 15), no esta diciendo que Él es el primer ser creado por Dios, pues los versículos siguientes lo refutarían (17) “el es antes de todas las cosas”. Esta expresión puede tener dos posibles acepciones, Si le damos al termino “primogénito” su valor etimológico de “anteriormente engendrado” entonces la expresión alude a la preexistencia de Cristo antes de la fundación del mundo, cosa que no seria erróneo, pues así fue. Pero si le damos al término «primogénito» un sentido histórico y jurídico, entonces la expresión alude a su preeminencia respecto de todas las criaturas, como tiene el primogénito respecto de sus hermanos y como lo señalan las leyes mosaicas respecto de la primogenitura. Ambos aspectos son reales y nos llevan a una consecuencia, Cristo, como el primogénito del Padre, preexistente con el Padre y conforme a las leyes de la primogenitura, tiene los derechos de posesión de los vienes del Padre. Él es el heredero de todo lo creado y como tal le pertenece. Por que todas las cosas han sido creadas por él y para él.

    Heb 1:2 en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por medio de quien hizo también el universo.

  3. Cabeza de la iglesia
    Sigue ahora, en los vv. 18-20, la descripción de la persona de Cristo en su condición de Redentor. Ambas ideas, creación y redención, están íntimamente ligadas: si Cristo fue quien creó todas las cosas, es también Él quien las redime. La afirmación de que Cristo es «cabeza del cuerpo, que es la Iglesia» (v. 18), riquísima de contenido, es trabajada en Romanos 12:5 que señala y en Efesios 4:15, 5:23. “la Iglesia es el cuerpo de Cristo” como cabeza ejerce autoridad sobre la Iglesia y sobre toda la creación pero además le da vida y crecimiento (Col. 2:19, Ef. 4:15, 16)

    Col 2:19 pero no asiéndose a la Cabeza, de la cual todo el cuerpo, nutrido y unido por las coyunturas y ligamentos, crece con un crecimiento que es de Dios.

  4. El principio, el primogénito de entre los muertos.
    De parecido significado, aunque bajo otra imagen, es la afirmación de que es «el principio, el primogénito de entre los muertos». Parece que estos dos incisos: «principio» y «primogénito de entre los muertos», no constituyen dos afirmaciones independientes, sino que aluden a una misma cosa, diciendo de Cristo que es el primero, el que inició la marcha gloriosa hacia la resurrección; no sólo en orden de tiempo, sino también por su influencia en los demás resucitados. Esto es, para que sea el primero en todo, «para que tenga la primacía en todas las cosas» (v. 18), es decir, tanto en el orden de la creación material como en el de la renovación espiritual. (1 Corintios 15;20) 

    1Co 15:20 Más ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicias de los que durmieron.
2Co 4:14 sabiendo que aquel que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús, y nos presentará juntamente con vosotros.

  1. La morada de la plenitud de Dios
    Razón última de esta preeminencia de Cristo ha sido la voluntad del Padre, que quiso que «en Él residiera toda la plenitud y por Él reconciliar... todas las cosas, así las de la tierra como las del cielo» (vv. 19-20). ¿A qué alude Pablo con la palabra «plenitud», pléroma? Bastantes autores, interpretan el término «plenitud» como alusivo a la suma de gracias y perfecciones que competen a Cristo, en cuanto cabeza de la Iglesia, «de cuya suma o plenitud, como dice Juan, participamos todos» (Jn 1,16). Otros, pensando en que, poco después, el mismo Pablo habla de «plenitud de la divinidad» (cf. 2,9), opinan que el mismo sentido debe darse aquí al término «plenitud», sin que esto excluya, claro está, la consiguiente plenitud de gracias y perfecciones.

    Joh 1:16 Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia sobre gracia.
    Col 2:9 Porque toda la plenitud de la Deidad reside corporalmente en El,

  2. Reconciliador con el mundo.
    Pablo aludiría al cosmos o mundo universo, con el término pléroma. A la cabeza de este cosmos de Dios, y no sólo a la cabeza de la raza humana, ha sido colocado Cristo, «recapitulando en sí todas las cosas del cielo y de la tierra» (cf. Ef 1,10). Precisamente porque en Él «reside», es decir, le está como incorporado todo el cosmos de Dios, es por lo que puede pacificar al mundo. Dicha «pacificación» incluye la salud colectiva del mundo, con su retorno al orden y a la paz, y sólo será perfecta al fin de los tiempos, cuando, vencidos todos los enemigos, el Hijo entregue el reino a Dios Padre para que «sea Dios todo en todas las cosas» (cf. 1 Cor 15,24-28). Nada en el cosmos queda excluido de ese influjo pacificador; de ahí que señale: «los del cielo y los de la tierra» (v. 20)

    Eph 1:10 con miras a una buena administración en el cumplimiento de los tiempos, es decir, de reunir todas las cosas en Cristo, tanto las que están en los cielos, como las que están en la tierra. En El

  3. Hablando de la persona de Cristo, había dicho Pablo que «por la sangre de su cruz» había reconciliado y pacificado todas las cosas (v. 20); a continuación, en los vv. 21-23, hace una aplicación particular al caso de los colosenses.

    Dios anhela reconciliarnos con El, por medio de Cristo.
    No puedes andar por la vida cargando resentimiento, odio, hacia tu hermano, solo el evangelio puede alumbrar nuestro entendimiento.
Esto es lo que produce el milagro de sanar un corazón herido, frustrado y amargado, para transformarlo en una fuente vida. Pero esto solo es posible cuando tú aceptas la paz por medio de su sangre

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